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No iba a ser un día cualquiera.
Los cuatro lo sabían, pero ni se miraban a los ojos ocultos como siempre.
Llevaban seis meses juntos, seis meses cómplices, y no sabía ninguno nada
de los demás. Sólo conocían la avidez, la violencia, la torpeza con que
cada uno se había comportado hasta entonces con las tantas mujeres a las
que habían lamido por turnos las plantas de los pies, a las que habían
acabado desnudando, violando, usando como los lobos solitarios que siempre
fueron. ¿Cuántas veces habían mandado al carajo la regla de oro?¿Por qué
ninguno de ellos tomaba la decisión (que todos esperaban)de acabar con
aquello? ¿Cuándo empezaron a romper las reglas? Desde el primer día, desde
la primera vez, desde Elena, que tenía menos edad de la pactada pero los
pies más jugosos y los senos más duros y más suaves que jamás habían vuelto
a probar. Y que se resistió más que nadie, más que ninguna de las otras,
y los excitó más. Torpes. Era su primera salida. A Elena la habían elegido
por aclamación. "Si vestida es tan apetecible, si sus pies son así dentro
de las sandalias, ¿cómo serán en nuestras manos?" Se repartieron los turnos.
"Sólo tiene dos pies" "A mí no me importa lamer sus manos mientras tanto"
"Ni a mí su almejita". Silencio. "Era broma, ya sé que no se la vamos
a ver nunca, sólo me imaginaba...Venga, chicos, que es una broma" ¿Por
qué no le expulsaron en ese momento, por qué le dejaron continuar, le
dejaron que les infectara, que fuera el primero en sujetarla y gritar
que sólo llevaba una camisa, que no lleva sujetador tíos, ni bragas, que
va desnuda ya, que no me jodais que no os apetece darle un repaso ahora
que le habéis abierto así las piernas, hostia que no le jodieran que no
eran los pies más ricos que iban a probar nunca... Sí, con Elena, desde
el principio, desde esa lamentable primera salida, todo se jodió. Todo
iba a ser muy sencillo, la chica tenía que atravesar un parque para llegar
a su casa, allí la esperarían, después de haberse cerciorado de que nadie
en las proximidades estorbaría su actuación. Los cuatro estaban muy nerviosos,
estaban muy excitados, hasta tenían miedo, sobre todo tenían miedo. La
noche había caído ya hacía un buen rato, y la inquietud les iba a forzar
a desistir cuando escucharon las risas que se les acercaban. Eran dos,
Elena no venía sola, la acompañaba una amiga, ella sí tenía aspecto de
la adolescente que era, que ambas eran. -"Vámonos, son unas niñas, nada
de menores, ¿recordáis? Además son dos, no estaba planeado así, ¿cómo
vamos a impedir que alguna dé la alarma. No. Nada va a salir bien, vámonos,
coño. ¿Me oís?". Pero no le oían, no iban a escuchar nada. Los otros tres
ya habían observado cómo las amigas se separaban con dos besos. Elena
estaba sola, venía hacia ellos, y no tenía aspecto de menor, y si lo era,
debería de faltarle poco para dejar de serlo. Cualquier excusa servía,
como le sirvió al lobo con el cordero en aquel arroyo de la fábula. -"De
aquí no se marcha nadie. Si no quieres participar, te limitas a vigilar.
Esa es otra de las normas aceptadas. Yo voy a probar esos pies, he esperado
demasiado, ¿estáis conmigo?". Había hablado él, y tenía muy claros sus
planes, contaba con la sobreexcitación que la violencia de arrancar el
calzado a una desconocida iba a provocarles. Sabía que no iban a conformarse,
estaba seguro de que todos querrían ir más lejos, mucho más lejos. Elena
avanzaba despacio, casi paseando. Llevaba unas zapatillas de deporte.
Tal vez deberían haber contado con la luna llena, pero les ayudaba a contemplarla
en la noche con total impunidad. Zapatillas de deporte, calcetines cortos,
blancos, una falda hasta las rodillas, una camisa amplia remetida bajo
la falda, el pelo suelto, largo, moreno. No veían sus ojos, pero ¿apuntaban
sus pezones sobre la camisa?. ¿Era su deseo quien les había hecho saberlo?
Elena no llevaba sujetador, la firmeza de sus senos, ya como manzanas,
le permitía hacerlo. Eran continuas las discusiones con su madre por este
asunto. Ella odiaba esa prenda, ese inútil accesorio de tortura. Al salir
de casa se lo quitó, en el ascensor, lejos de las quejas maternas. Ahora
lo llevaba en uno de los bolsillos de la falda. Ellos lo encontrarían
luego, y lo usarían para amordazar sus gritos primero y para atarle las
manos a la rama de un árbol después, cuando le hubieran intruducido los
calcetines en la boca. No dudó ni un instante, en cuanto vio que aquellos
cuatro hombres encapuchados le salían al paso, echó a correr. No logró
alejarse demasiado. Uno de ellos le saltó por la espalda y la tiró de
bruces sobre la hierba. Pedía socorro a gritos, con toda la fuerza de
su garganta. -"Taparle la boca, hostias, que no chille más, taparle la
boca, joder" Le dieron la vuelta y una manaza le selló los labios. Se
revolvía, retorciéndose como sobre brasas candentes, se zafó de la mano
y volvió a gritar con todas sus fuerzas, con todo su terror. En el forcejeo,
el sujetador se había escapado de su bolsillo. Entonces sí que la prenda
empezó a torturarla, cuando notó que se la embutían entre los dientes,
que sofocaba sus llamadas y ahogaba su voz convertida en ronco bramido.
-"Sujetarle las manos mientras le quito las zapatillas. Estate quieta,
o tendré que hacerte daño".Le costaba desatarle los cordones, el pataleo
era tan violento que apenas podía sujetarle una de las piernas. Dos de
ellos trataban de paralizarle los brazos. Al final lo lograron apretándolos
con sus rodillas contra el suelo. -"Date prisa, coño, no puede ser tan
difícil descalzarla, arráncale las zapatillas, olvídate de los putos cordones"
Así lo hizo. Mientras el tercer hombre se empeñaba en desatarle los firmísimos
lazos, él tironeó con fuerza aprovechando el propio pataleo de la chica,
y la zapatilla izquerda saltó por el aire. Las faldas se le habían subido
más allá de los muslos y dejaban las braguitas al descubierto. La visión
los tenía fuera de si. Sus pies, querían sus pies, nada más. -"Ya está,
ya se sueltan los nudos". La zapatilla derecha salió sin la brusquedad
de la primera, y el honbre se la llevó a la nariz."Estos pies van a saber
a gloria" dijo inspirando profundamente, ahora sobre los calcetines. Le
separaron las piernas hasta hacerle daño, así era más difícil que sus
saltos convulsivos sirvieran de algo. -"Los calcetines, fuera los calcetines,
queremos ver sus piececitos de una puta vez" A un tiempo, metieron los
dedos bajo los calcetines y tiraron con toda la excitación que los tenía
tensos, con una erección que ya amenazaba con desbordarse. El talón, el
empeine, los dedos. Estaba descalza, y sus pies eran bellísimos. -"Hostias,
tíos, mirad que maravilla" Entre las lágrimas aún llegaba a ver cómo aquellos
dos encapuchados le lamían las plantas y reían, reían grotescos de placer,
se metían ahora sus pies en la boca y le lamían entre los deditos, le
mordía uno el empeine, le succionaba otro como si quisiera arrancarle
las uñas. Los que le sujetaban los brazos, le estaban chupando las manos,
ya liberadas del peso de las rodillas. Sentía la presión que ejercían
en sus muñecas, en sus tobillos, se habían tornado garras. Y ella continuaba
agitando su cuerpo ya casi sostenido en vilo, retorciendo su tronco, lanzando
arriba y abajo su vientre. El borde de su falda ya por encima de su ombligo.
-"Venga, es nuestro turno, queremos esos pies en la boca, quiero notar
como retuerce sus dedos en mi paladar" -"Tengo una idea" La maldita idea,
la fatal idea inevitable desde que sus bragas eran tan blancas y sus piernas
tan largas, y el sujetador le cerraba la boca, la idea que iba a romper
la primera regla: no eran violadores; acababan de olvidarlo. -"Atémosla
a un árbol. Sacarle el sujetador de la boca y meterle los calcetines"
-"Uno sólo será suficiente, el otro lo quiero yo, quiero correrme dentro"
Sus carcajadas, lo brutal de su excitación, ni les permitió oir las súplicas
de la muchacha cuando le sacaron el sujetador. Lloraba de terror, de asco;
les rogó que la dejaran, que la estaban haciendo daño, que por favor,
por favor. Pero sus sollozos le impedían hacerse entender:"Dejarme...soltarme...no
, por favor, parar ya, no, no, dejarme" Su última negativa se la tragó
junto a uno de sus calcetines. La levantaron y la llevaron junto a una
rama lo bastante firme para resistir sus convulsiones, y lo bastante alta
para que sus pies desnudos apenas tocaran el suelo. No sabía cómo lo habían
logrado, pero con el sujetador habían atado sus manos con una fuerza irrompible
a uno de los brazos cómplices del árbol. Sin que nadie diera la señal,
todos se bajaban los pantalones, se los quitaban, sacaban sus pollas duras,
hinchadas, al límite. -"Yo primero" Ella aún agitaba sus piernas con furia,
pero sintió que le bajaban las braguitas, que se las sacaban por los pies
y que le abrían con fuerza los muslos. Mientras dos le izaban por los
tobillos los pies que ya estaban chupándole y mordiéndole con saña, un
tercero le desabotonaba la camisa, le apretaba los senos, se los lamía,
le clavaba los dientes entre exclamaciones obscenas sobre su dulzura y
su firmeza. El cuarto pugnaba por introducirle la polla entre los labios
secos, vírgenes, horrorizados. -"Esta monada aún es virgen" Se escupió
las manos como único lubricante posible y se restregó el pene con la saliva.
"Te va a gustar estrenarte conmigo. ¿No querrás que todos nos follemos
a una misma doncellita? Adentro, adentro". Y a cada exclamación seguía
un embate cada vez más violento. Ya estaba, hasta el escroto, dentro de
ella, que ya no sabía resistir. ¿Qué había ya que resistir? El tercer
hombre había dejado libres los dulcísimos senos de Elena para permitir
al que la penetraba- dentro, fuera, dentro, fuera-,que se los succionara
y se los mordiera con rabia; y se había situado a la espalda de la chica.
-"Aún es virgen por este otro agujero" Iban a travesarla también el culo.
¿Le estaba sucediendo a ella? ¿De verdad cuatro locos furiosos estaban
usando su cuerpo como el de una muñeca hinchable, como si no tuviera voz,
mirada, sentimientos? ¿Era cierto que alguien utilizaba uno de sus pies
para masturbarse, que otro le estaba masticando casi los deditos, que
sus tetitas ardían de los dientes que le estaba hincando un hombre que
le desgarraba la vagina con sus embestidas? ¿Podía estar sucediendo que
unas manos torpísimas, temblorosas le estuvieran separando los glúteos
para meterle por el culo un falo durísimo y ya goteante, que ya estuviera
medio penetrada por detrás, por un tipejo asqueroso, sin rostro, todo
babas? Entonces ¿dónde estaba el dolor? ¿O el dolor era eso que le impedía
sentir otra cosa, era ese fuego, era esa náusea que le venía directa desde
el estómago? Su primer violador no notó las arcadas previas hasta que
recibió el vómito en pleno rostro. -"Maldita puta, bajarla, al suelo con
ella, quiero correrme en su boca desagradecida" Sobre la hierba de nuevo,
boca arriba, la lengua entumecida, libre ya del calcetín que la asfixiaba.
Ya nadie horadaba los senderos lacerados de su cuerpo, no más manotazos,
no más mordiscos, no más cosquillas espantosas en las plantas tiernísmas
de sus doloridos pies. Ahora un chorro cálido en su vientre, otro entre
sus deditos, y dos amargas fuentes sobre sus labios y en su paladar, viscosas,
nauseabundas. Se atragantaba con el miembro que le metió su peor verdugo
hasta la campanilla. Jadeos, exclamaciones, gritos de satisfacción, risas
nerviosas, histéricas, carreras, todo a lo lejos ya, perdiéndose en lo
más negro de la noche más negra que nunca habría de vivir. |