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No nací bajo lo que se dicen circunstancias
óptimas: Fui un bebé de casi 4 kilos que la puso en serios aprietos a
mi madre para parirlo; En cuanto respecta a mi padre, una rotunda decepción
al resultar hembra su primogénita. Estos dos hechos, me fueron recordados
en cuanta oportunidad se presentaba por uno u otro de mis progenitores
a partir de que tuve uso de razón, ocasionando que me convirtiera en una
persona ansiosa por compensarlos de alguna manera. Hubiera deseado ser
pequeña de tamaño para resarcir a mi madre, registrando con horror la
velocidad insólita con que se desarrolló mi cuerpo al superar el 1,70m
en la temprana pubertad. Intenté sin éxito ocultar mi estatura: Ni las
ropas varoniles que usaba, ni el andar desgarbado podían disimular mi
longitud y volumen. Hubiera querido también ser compañera de mi padre
en la cancha de fútbol, sabiendo que él había deseado el hijo varón que
no tuvo (mi mamá no quiso otro embarazo después del mío) a esos efectos.
Tampoco esto me resultó posible, en cambio desarrollé capacidades muy
por encima de las promedio del sexo femenino para el squash, compensando
de esa manera a papá dado que en competencias mixtas éramos casi insuperables
y muchas veces derrotamos a las masculinas. No intento justificar con
esto lo que ocurrió en mi despertar sexual, si resulté bastante masculina
en mis gustos fue por mi propia elección. Y resultó así que a la llegada
de mis quince años, cuando ya las otras chicas se habían abierto a la
coquetería y el flirteo sexual con muchachos, sus escarceos femeniles
me atraían a mí tanto o más que a los varones. No podía creer lo que estaba
sintiendo, al comprobar que mis pezones se crispaban y un extraño cosquilleo
recorría mi columna vertebral erizando los cabellos de la nuca cuando
contemplaba sus cuerpos lozanos al desnudo en los vestidores del club.
Comencé entonces a rehuir la compañía de las otras chicas para evitar
esas sensaciones conflictivas, convirtiéndome en un ser huraño y poco
sociable. Más como al humano no le resulta llevadera la soledad total,
alguien se filtró en mi intimidad y yo lo permití pensando que constituía
una relación a prueba de tentaciones. Se trató de mi prima hermana por
parte de madre, Isolda, que más que prima era una hermana dada nuestra
condición de parientes carnales, vecinos (vivíamos en casas linderas)
hijas únicas ambas y para colmo de hermanas gemelas muy dependientes entre
sí. Isolda fue una criatura adorable desde siempre, amable y cariñosa
así como recatada y femenina hasta el punto lindante con la timidez. Resultó
natural para todos que yo con mi temperamento osado, me convirtiera en
su protectora incondicional, hasta el punto de convertirla en mi sombra.
Me seguía por todas partes como un perrito faldero, haciéndome sentir
muy poderosa. Si de algo estuve segura en mi vida, fue de su fidelidad
incondicional hacia mí. Esto a veces resultaba una carga, dado que cualquier
incidente que la afectara recaía sobre mi persona en reclamos por negligencia
en su cuidado. Yo los aceptaba sin chistar, dado que su cariño compensaba
con creces los otros percances. Nos fuimos convirtiendo en carne y uña,
juntas en el colegio, en los paseos, vacaciones compartidas, ella espectadora
infaltable en mis competencias de squash y yo su admiradora incondicional
en los espectáculos de danza flamenca en que ella participaba. Mi cumpleaños
de quince no pasó de ser una fiesta familiar, dado que me negué a disfrazarme
de mujer y mis padres no hicieron grandes esfuerzos por convencerme de
lo contrario a sabiendas de mi temperamento obcecado. En cambio, volqué
toda mi ilusión en el de Isolda al año siguiente acompañándola a elegir
la ropa, los recuerdos para los invitados, la música que se pasaría en
la fiesta, así como a confeccionar la profusa lista de invitados. Con
semanas de anticipación me convertí en su peinadora, manicura, modista
y cuanta actividad pertinente se me permitiera llevar a cabo. Sentía que
ese despertar de mi pequeña a la vida adulta, era a su vez el mío propio,
accediendo por primera vez y en consideración a ella a vestirme como señorita.
¡Menuda sorpresa les di a todos mis parientes en esa oportunidad! Me regocijó
sobremanera ver sus bocas abiertas, en presencia del tremendo hembrón
que resulté ser en ropas femeninas. ¡Ni que contar de los muchachos invitados
a la fiesta! Se me vinieron encima de una forma tan pertinaz, que tuve
que buscarme múltiples tareas para desaparecer del salón de fiestas en
cuanta oportunidad se presentaba, en pro de no opacar el papel protagónico
a mi primita. Mi nombre se escuchaba en todas las bocas: "¡Anne, que bonita
estás!.. ¡Anne, bailá conmigo por favor!.. ¡Que chica tan atenta, como
nos atiende a todos Anne!.." Yo me movía de un lado a otro evitando que
se me acoplara algún compañero estable, mientras controlaba de soslayo
a Isolda que no cesaba de bailar una y otra pieza sin tomarse un respiro.
En determinado momento, la perdí de vista y al mantenerse esa situación
durante varios minutos me alarmé decidiendo emprender su búsqueda. No
la encontré en el tocador, mi inquietud se convirtió en alarma al agotar
los lugares posibles en que pudiera estar, solo me quedaba por investigar
el parque y hacia allí me encaminé sin demora. Una primera recorrida visual
desde la terraza, arrojó resultado negativo de manera que decidí bajar
e inspeccionar a fondo. Llevaba unos metros recorridos cuando escuche
voces sofocadas provenientes de un grupo de árboles. Me detuve un momento
tratando de evitar ser inoportuna, hasta que reconociendo la voz de Isolda
y dándome cuenta que los murmullos no eran de ninguna manera placenteros,
enfilé hacia el sitio sin más trámite. La encontré apretada contra el
tronco de un árbol por un impaciente galán, el que habiéndola inmovilizado
en un poderoso abrazo, sofocaba las protestas de mi prima aprisionándole
la boca con la suya. Isolda al verme llegar, me dirigió una mirada de
desesperación tan conmovedora que sin vacilar tome al prepotente galán
de un brazo y se lo retorcí de tal manera que en segundos lo tuve arrodillado
indefenso a mis pies. La cumpleañera se dio a la fuga de inmediato, aunque
a los pocos pasos recapacitó regresando al lugar en prevención de que
yo necesitara ayuda para dominar la situación. Se paró a mi lado, mientras
yo advertía al consternado muchacho que se retirara sin más de la fiesta
y que en lo sucesivo se abstuviera de mostrarse en nuestra presencia o
se atuviera a las consecuencias. Lo contemplamos mientras se alejaba masajeando
el maltrecho brazo, pero cuando se perdió de vista rompimos a reír de
manera exagerada al aflojarse la tensión acumulada en los momentos previos.
Luego Isolda se abrazó a mí, llorando con sollozos entrecortados hasta
que se tranquilizó. "Después hablamos en casa", dije, "Ahora te voy a
arreglar el vestido y el maquillaje, para que volvamos al salón como si
no hubiera pasado nada... ¡Ese guacho no se merece arruinar tu noche!"
Acató sin protestar, la fiesta continuó sin que nadie se percatara de
lo sucedido hasta bien entrada la madrugada. De regreso en nuestras casas,
Isolda comunicó a sus padres que se quedaría a dormir conmigo ya que teníamos
mucho de que hablar, ellos consintieron con gesto cómplice. Una vez en
mi dormitorio la desvestí por completo y le revisé el cuerpo cm a cm buscando
posibles huellas de los forcejeos y apretujones sin encontrar más que
un par de moretones en los brazos, que cubrí con cremas a efectos de eliminar
las marcas. Le sugerí que a continuación tomara una ducha bien caliente
en tanto yo iba a la cocina a prepararle un té de tilo. Al regresar con
la taza humeante, se la llevé hasta el baño, encontrándola para mi sorpresa
parada bajo la ducha en la misma posición en que la había dejado. "¿Que
pasa Iso... No te sentís bien?", pregunté preocupada, más aún al no obtener
respuesta de su parte. Apenas atiné a quitarme los zapatos y me metí en
la bañera vestida, estrechando el cuerpo de la pequeña contra el mío.
"¡No... No... No me pasa nada!", contestó al reaccionar a mi contacto,
"Solo estaba pensando en lo que me pasó hoy... No se... ¡Creo que quedé
medio boluda!", completó para luego soltar la risa al ver mi ropa empapada.
Nos reímos a gusto con lo cómico de la situación, después me ayudo a desnudar
para bañarnos juntas. Retomando mi papel protector, tome el jabón emprendiendo
la labor de enjabonarle la espalda. De improviso, las conocidas sensaciones
de atracción física se hicieron presentes para mi escándalo. "¡No... Con
mi primita no, carajo!", gritaba mi conciencia en tanto mis ojos no se
podían despegar del hermoso trasero de Isolda. Entonces ella giró y ante
la evidencia de su rostro arrebolado en concordancia con la inocultable
turgencia de sus minúsculos, rosados pezones, comprendí que mis sentimientos
eran compartidos. Mis entrañas parecían querer colapsar en tanto mi boca
era incapaz de refrenar su avance al encuentro de la de mi adorada. Al
comienzo fue un tímido contacto superficial de los labios, segundos después
mis manos abarcaron su talle y comenzaron a subir por los flancos en dirección
a los deliciosos pechitos sonrosados en acción tan lenta cuán inevitable.
Mi mente preveía consecuencias desastrosas para cuando mis palmas arribaran
a su objetivo. Sin embargo el deseo que me embargaba, ganaba fuerza segundo
a segundo desechando las prevenciones de plano. Al abarcar mis manos con
fruición las combas inferiores de sus tetitas, nos sacudió un estremecimiento
similar a descarga eléctrica, al punto que me sentí compelida a interrumpir
el contacto y huir despavorida. Ella intuyó mi turbación y pasando sus
brazos sobre mis hombros, estrechó el abrazo al tiempo que su cálida lengua
se abría paso entre mis labios crispados hacia el interior de la boca.
Nueva descarga en mi sistema nervioso, aunque esta vez tan placentera
que los prejuicios se desmoronaron de una vez y para siempre. Quede en
suspenso por un momento, su lengua en mi boca, mis dedos jugueteando con
sus botoncitos turgentes... ¿Qué continuaba ahora? Era indudable que no
lo sabía. Fue otra vez Isolda la que rompió el bloqueo: Al sentir sus
suaves manitas que no lograban abarcar por completo mis pechos, se me
despertó un conocimiento ancestral guiando manos y labios a través del
mapa de su cuerpo, buscando las zonas sensibles para besarlas, lamerlas
y acariciarlas. El cuarto de baño se pobló de suspiros, una urgencia visceral
nos impulsó a abandonar la ducha, secarnos la una a la otra entre violentos
estremecimientos de placer, para a medio secar buscar el lecho entre besos
y caricias arrebatadores. Nos detuvimos al costado de la cama, nuestras
miradas se encontraron en forma directa por primera vez desde que se habían
precipitado los acontecimientos, interrogantes acerca de los pasos a ejecutar.
Sin mediar palabra asumimos las posiciones que en lo sucesivo normarían
nuestra relación, ella se acostó boca arriba con los brazos extendidos
a mi encuentro, yo con mucha suavidad me recosté sobre ella haciendo soporte
sobre los codos para no sofocarla con mi peso. El contacto con su cuerpo
húmedo, tibio, me sumió en goce sensual que no admitía comparación con
ninguna otra experiencia sensorial que hubiera experimentado con anterioridad.
Nuestra bocas se fundieron en beso ardiente, mis manos tanto abarcaban
su rostro como sus senos o glúteos sin olvidar hombros, brazos y muslos,
en tanto ella se aferraba a mis hombros con la mirada extraviada en éxtasis.
Registrando nuestros sobresaltos cada vez que entraban en contacto los
montes de Venus, llevé una de mis manos a la parte interna de sus muslos
explorando la ingle con timidez. Sus suspiros se incrementaron de manera
notoria, hasta que en un arrebato me suplicó: "¡Haceme el amor ya... No
aguanto más la excitación, necesito un orgasmo!" "¿Cómo se hace?", pregunté
atónita ante lo inesperado del reclamo. "¡Masturbame, haceme la paja despacito!",
contestó. Debo aclarar en este punto, que debido a la falta de intercambio
con las chicas de mi edad por las razones que expliqué con anterioridad,
solo había oído hablar de la masturbación más no de como hacerla. A veces,
apretando mucho las piernas acostada boca abajo había sentido sensaciones
muy placenteras, pero aún no había experimentado ningún orgasmo. Me dio
vergüenza confesarlo. Estaba dudando acerca de cómo afrontar la situación,
en momentos en que Isolda caliente hasta el delirio, tomó mi mano entre
las suyas y la ubicó en la posición adecuada guiándola en los movimientos
requeridos. Mi tacto identificó enseguida la humedad viscosa que caracteriza
los estados de excitación sexual. En instantes reconocí que maniobraba
de manera preferente sobre el clítoris (del que sí conocía las señales
placenteras que brindaba aunque en mi imaginación virgen no cabía la posibilidad
de llegar al orgasmo sin ser penetrada la vagina por algo, con la consiguiente
pérdida del virgo) como así también sobre la comisura inferior de los
labios menores. Opté por colocarme a su costado para poder mover mis dedos
con mayor soltura, provocando para mi agradable sorpresa que las manos
de mi amada liberaran las mías para a continuación hacerme delirar con
sus escarceos en mis genitales. Al tiempo que recibía placer de Isolda,
aprendía a proporcionárselo a ella. ¡Que experiencia alucinante... La
sinvergüenza de mi primita, bien que sabía sobar el pan y yo ni me había
enterado siquiera! Llegamos al orgasmo juntas, estampando los labios la
una en la otra para sofocar los aullidos de placer que pugnaban por escapar
de nuestras gargantas. En el vértigo del gozo, me monté sobre su cuerpo
refregando mi pelvis contra la suya pezones contra pezones, en procura
de poseerla a la usanza tradicional. Fui recompensada por otra furibunda
acabada de Isolda a la que en instantes se sumó la segunda mía. Agotada
más por la intensidad del placer recibido que por el desgaste físico,
me derrumbé a un costado suponiendo terminada por el momento la sesión,
dispuesta a dormir. ¡Craso error! Minutos más tarde, la ávida boquita
de Iso estaba mordisqueando mis tetas al tiempo que sus lujuriosos dedos
exploraban con delicadeza mi congestionada vulva. Mis muslos volvieron
a estremecerse. La cuota de cordura quiso hacer un llamado de atención:
"¡Ya es de día amor, se puede levantar alguien en cualquier momento y
si nos pescan así!.." "¡Que va!", replicó sin demora, "Hoy se van a despertar
a cualquier hora... Seguro que anoche se han trincado como en los mejores
tiempos ellos también... A lo mejor todavía se están cogiendo... ¡Dale,
sigamos que cada vez estoy más caliente!" No me hice desear, mis dedos
ya expertos buscaron la ubicación adecuada reiniciando la faena. Mientras
nos sobábamos como maestras, Isolda me contó que el pibe que la había
apretado le había puesto la verga entre las piernas y que a pesar del
susto eso la había hecho calentar como el mismísimo infierno. La confidencia
nos echó a volar al unísono, ocasionando hacernos llegar a dos orgasmos
consecutivos. Yo estaba bastante mareada por el caudal de placer acumulado
en la noche, cuando escuché de mi amada las palabras que nunca olvidaré:
"¡Anne, yo te amo! Y no creas que es de ahora, por este maravilloso momento
que estamos pasando... No recuerdo un solo día de mi vida que no te haya
amado. Para mí eres el símbolo de la fuerza, del poder... ¡Te admiro tanto!
Anoche cuando dominaste a ese chico, sentí que te adoraba y te adoraría
durante el resto de mi vida... Quiero pedirte algo y que me contestes
ahora: Seamos pareja para siempre, yo seré tu mujercita y tu mi hombre...
¿Sí mi amor?" El nudo que me estranguló la garganta, impidió que le asegurara
que sí... ¡Que no había nada que quisiera más en el mundo! Ante la imposibilidad
de expresarlo con palabras, tomé su rostro entre mis manos y lo besé con
pasión... Ojos, mejillas, boca, orejas, frente... Hasta que por fin se
destrabaron las cuerdas vocales y salió una voz tan ronca como la de un
auténtico macho: "¡Sí mi vida... Hasta que la muerte nos separe!" ¡Me
abrazó con tanta ternura, que ese abrazo permanecerá estampado a fuego
en mi piel durante el resto de mis días! Luego susurró en mi oído: "Entonces
hoy es la noche de nuestro matrimonio, mi amor... ¡Quiero que me desvirgues!"
"¡No tesoro, eso no hace falta entre nosotros!.. ¿Cómo se te ocurre?",
balbuceé escandalizada. Insistió con vehemencia: "¡Quiero entregarte mi
virgo a ti y a nadie más! ¿Me entiendes? Esa será la prueba indeleble,
pase lo que pase, de que soy tuya y que lo seré para siempre... ¡Para
mí es muy importante... Por favor papaíto! ¿Síiii?" ¡Los mohines de su
rostro me trastornaron! Después de refunfuñar un rato, accedí con la condición
de que elle me desvirgara a mí también, a lo que ella se negó en forma
rotunda: "¿Cómo voy a desvirgar a mi macho?.. ¡No señor... Ud. nos desvirga
a las dos y no se hable más! Plantee luego la cuestión de que cómo. Barajé
diversas hipótesis, aunque en definitiva Isolda había decidido que debían
ser mis dedos y no aceptó otra opción: "Quiero sentir tu carne adentro
mío... ¡El calor de tu carne en mis entrañas!" Tragué saliva... Me aprestaba
a emprender la acción, cuando fui interrumpida por un nuevo pedido: "Antes
de que me poseas para siempre, quiero que nos rebauticemos con nombres
para nosotras, para nombrarnos en nuestros momentos de amor. Yo ya sé
cual será el mío: Ya que ante la sociedad seré una pecadora, quiero que
tu me llames Magdalena, como la puta que acompañó a Cristo" Ponerme un
nombre a mí misma resultó otra cuestión. Me hubiera gustado ser Antonio
para ella, pero corríamos el riesgo de que se le pudiera escapar ante
otros y ponernos en una situación difícil. De pronto se me ocurrió la
idea genial: "¡Magda - Lena! Compartiremos el pecado, compartamos también
el nombre... ¡Tu Magda, y yo Lena! ¿Qué te parece?" "Lena... ¡Haceme tuya!",
escuché a guisa de respuesta afirmativa. ¡Con cuanto amor la acaricié
durante esa ceremonia ritual... No recuerdo haber sentido tanto antes,
ni creo que pueda volver a sentirlo con tanta intensidad! Maga ardía de
pasión cuando llegó el momento en que mis dedos tocaron con precaución
la membrana virginal. "¡Sin contemplaciones Lena... Demostrame la pasión
que estás sintiendo en este momento, desgarralo sin piedad!" Me arrastró
en su arrebato, empujando la pelvis hacia mi mano en el preciso momento
en que yo hacía penetrar los dedos con firmeza. Hubo una tenue resistencia,
un grito sofocado de su parte, luego la rugosidad de su vagina caliente
subyugó mi tacto. Mis dedos se convirtieron en audaces exploradores que
reconocieron cada valle, cada protuberancia, logrando aullidos de placer
de Magda en respuesta a sus sondeos. Ella pedía más y más, en tanto bajaba
de una cresta de clímax para subir de inmediato a otra. Muy pronto mi
mano entera estaba en su interior en tanto su placer amenazaba no tener
fin. Treinta minutos más tarde se relajó, en acto impulsivo me puse a
horcajadas sobre su pecho ofreciendo la visión de mi vulva a su mirada,
tomé sus manos e hice que separara mis labios mayores exponiendo por completo
el vestíbulo vaginal, para luego en movimiento veloz introducir mis propios
dedos desgarrando el himen en un solo movimiento al tiempo que me mordía
los labios para evitar emitir un quejido. Finalizada la acción, ella retiró
mis dedos del interior besando la vulva tal como se besa una boca... ¡Que
gozo maravilloso me produjo... Creí morir de placer en ese preciso momento!
"¡Dejame acomodar!", supliqué, "¡Quiero devolverte lo que me estas haciendo...
Es sublime!" En segundos estuvimos acopladas en 69, embaladas como si
recién comenzara la sesión... ¡Que derroche de placer... Era cosa de no
creer! En un determinado momento me abandonaron las fuerzas y me derrumbé
sobre su vientre. Quiso la fortuna que mi cara quedara entre sus muslos
con la boca muy próxima a su chiquito. Una picardía cruzo por mi mente
haciendo que comenzara a soplar en dirección a el... ¡Pareció que hubiera
activado un interruptor eléctrico! Observé como se crispaba el esfínter,
al tiempo que los muslos de Magda apretaban mi cabeza: "¡Haceme el culo
mi amor!", reclamó, "¡Tomá todo lo mío en esta primera noche!" Me excitó
de tal manera la idea, que mis menguadas fuerzas resurgieron como por
encanto. La lengua se disparó contra el minúsculo objetivo, provocando
que a Magda se le escapara un alarido de placer que con seguridad mis
viejos hubieran escuchado, a no ser que como había anticipado mi pareja,
ellos también se hubieran brindado el postre luego de la fiesta. Suspendí
las acciones unos segundos hasta asegurarme que no había movimientos en
la habitación contigua, luego mi lengua se lanzó en forma desaforada a
cojer el precioso culito. Adiviné que Magda se estaba mordiendo las manos
para acallar los gemidos... ¡Eso me puso del tomate! Metí con precaución
el primer dedo tras empapar la entrada con saliva, los movimientos de
mi querida me indicaban el gusto que le estaba proporcionando. Esos mismos
movimientos me señalaron cuando agregar un segundo y un tercero, Magda
con sus bamboleos entusiastas me anunciaba que debía continuar durante
un buen rato, de forma que decidí cambiar de posición arrodillándome entre
sus piernas para poder operar con mayor precisión. ¡Fueron momentos increíbles!
Mi pequeña gozó con tanta intensidad, que en el colmo de la excitación
perdió el control de los esfínteres orinándose en la cama. No sé que más
hubiera pasado si retiro mis dedos de su recto, pero por las dudas los
mantuve firmes en el interior hasta que logró recuperarse. Lo cierto es,
que este desborde final nos llamó a sosiego. Mientras ella iba más que
apurada en dirección al baño, yo ordené el dormitorio eliminando hasta
el último vestigio del accidente, luego seguí sus pasos. Magda estaba
sentada en el inodoro doblada sobre los muslos, al tiempo que no podía
dejar de reír. La miré con ternura de camino al lavabo, augurando que
si nuestros encuentros venideros iban a resultar de tanta intensidad como
el presente, deberíamos pensar en tomar suplementos vitamínicos. Me miré
al espejo esperando encontrar fatiga en mis facciones, sin embargo este
me devolvió una imagen relajada plena de dicha, que se convirtió en gesto
de sorpresa primero y luego de placer al sentir algo suave y caliente
tentando mi ano. ¡Tampoco yo pude controlar el grito de satisfacción,
cuando la lengua de Magda me penetró como un torbellino de placer! Mi
mente realizó desesperados intentos por surgir desde la bruma rosada que
la envolvía como una apretada malla, al escuchar cuchicheos de conversación
muy próximos. Sentía el calor del cuerpo de Magda acoplado de espaldas
a mi frente, ambas de costado en la cama, con las nalgas de ella encajadas
en la curva de mi vientre. Comprobé con alivio que estábamos cubiertas
por una sábana y que mi piel transmitía la sensación de tener puesto camisón.
Comencé a retirar de manera muy lenta la mano que aprisionaba un pecho
de mi amada, en tanto los murmullos comenzaban a ser descifrados por mi
intelecto. "¿No son la imagen de la paz?", sonó la voz de mamá interrogante,
"¡Son la imagen del agotamiento... Iso se bailó todo y Nanette trabajó
como una enana! Dejémoslas seguir durmiendo y vayamos a lo de tu hermana
para hacer los honores a lo que quedó de la fiesta", contestó papá. Escuché
con atención los pasos que se alejaban, hasta que el chasquido de la llave
en la cerradura de la puerta principal indicó que quedábamos solas, entonces
mis labios se dirigieron con ternura hacia el níveo cuello de mi adorada.
Los gorgoritos de aprobación de Magda, respondieron de inmediato a mis
caricias aunque ella no lograra despertarse. Hacía calor en la habitación,
retiré la sábana que nos cubría recorriendo con la mirada la silueta relajada
de mi tesoro durante algunos minutos. El deseo de contemplar la expresión
de su rostro, me impulsó a levantarme y transportar un puf hacia el otro
costado de la cama donde me senté para mirarla a mis anchas. ¡Desee ser
una pintora excepcional, para poder plasmar en una tela esa elegía a la
satisfacción total que trasuntaba la pequeña en su expresión! Estaba allí,
arrobada en el colmo de la adoración silente, cuando los inmensos ojos
verdes de Magda se abrieron de improviso enfrentando los míos de lleno...
No hubieron palabras, nuestras miradas se encargaron de dialogar de una
manera mucho más eficiente. "¡Tengo mucho hambre!", esas palabras rompieron
el encanto que supongo habrá durado por lo menos quince minutos. Me incorporé
como impulsada por un resorte, para ir a la cocina a prepararle algún
suculento bocado. "¿Y tus padres?", escuché a mis espaldas mientras cuidaba
de frente a las hornillas, la omelette de jamón y queso que estaba preparando,
"Hace un rato fueron para tu casa a almorzar con los tuyos", contesté.
De inmediato, el leve sonido de roce de tela me hizo estremecer al anticipar
lo que vendría luego: En efecto, segundos más tarde el contacto de las
manos de Magda con la parte externa de mis muslos, deslizándose sobre
mi piel hacia arriba al tiempo que arrastraban el camisón y el contacto
siguiente de su cuerpo desnudo contra mi espalda, requirieron de mí un
considerable esfuerzo para evitar arruinar la comida. Terminé la cocción
como pude, arrebatada por la exquisita sensación de los labios en el cuello,
tanto como por las que producían las palmas acariciando mis pechos con
movimientos circulares. "¡Lena, tenés las tetas más deliciosas del mundo...
La naturaleza debe haber agotado sus recursos al diseñarlas! Temblé como
hoja sacudida por una ráfaga huracanada, mis bellos se erizaron desde
el primero hasta el último. A duras penas alcancé a apagar el gas, al
tiempo que girando me despojaba de la prenda amontonada en mis hombros
para establecer contacto de frente con Magda. Devoré su boca con gula...
Mis manos aferradas a sus nalgas la apretaron contra mí, intentando introducirla
dentro de mi piel. La sensación proveniente de los hombros atenazados
por los dedos de mi amada, me transmitían que la estaba poseyendo sin
la menor sombra de reparo: ¡La sentí tan mía, que las palabras resultan
inadecuadas para expresar la gloria de ese momento! "¡Piedad, piedad...
Haya paz!", suplicó Magda unos minutos más tarde, "¡Aliméntame antes de
amarme otra vez... Corres el riesgo de quedar viudo a muy corto plazo
si no lo haces!" Reí a carcajadas al liberarla, luego busqué una fuente
para la comida, mientras le indicaba que retirara la jarra de café de
la máquina. Me aprestaba a tender la mesa, cuando un gesto de mi amor
enmarcado por sus brazos sosteniendo en alto jarra y tazas, indicó en
dirección al dormitorio haciéndome enfilar hacia allí obediente. Magda
colocó las tazas sobre la mesita de luz, las llenó y luego se sentó en
la cama en la posición del loto. La imité colocándome de frente con la
fuente apoyada sobre los muslos, "¡Caray, me olvidé los cubiertos!", dije
al tiempo que buscaba donde depositar mi carga con el propósito de ir
a buscarlos. Ella me contuvo con una mano sobre mi hombro, en tanto la
otra pellizcaba un trozo de la omelette llevándolo a mi boca. Saboree
tanto la comida como sus dedos, los que dejé tan limpios como pude antes
de proceder de la misma manera para con ella, que retribuyó encantada.
El segundo bocado me fue servido de manera excepcional: ¡En el valle de
los senos de mi tesoro, convertidos en fuente por sus manos! Cada parte
de nuestros cuerpos se convirtió en improvisado plato de allí en más...
El café recibido de su boca sabía a néctar del paraíso... ¡Ni hablar del
prolijo aseo que la boca de cada una aplicó al cuerpo de la otra como
corolario de la orgía. Estábamos en eso cuando desbordada por el inmenso
gozo que me colmaba, la ubiqué en 21 aplicando con firmeza mi vulva contra
la suya para echarle el polvo más colosal del que conserve recuerdo! Disfrutando
las oleadas de estremecimiento de mi enésima acabada, mis ojos enfocaron
las manecillas del despertador enviando de inmediato una señal de alarma.
Eran las 18 hs, debíamos reportarnos ante nuestros mayores para evitar
las sospechas que podía producir una ausencia tan prolongada. Se lo comuniqué
así a mi amada, quien de mala gana se separó enfilando de inmediato hacia
la ducha donde nos prodigamos caricias extra al tiempo que nos aseamos.
Luego me vestí a la manera informal que acostumbraba y me contemplé en
el espejo decidiendo disimular las profusas ojeras que demacraban mi rostro
con un poco de maquillaje. Al finalizar la tarea, vi a Magda a un costado
vestida con ropas mías que le quedaban enormes, esperando turno para que
aplicara un tratamiento similar a su fisonomía. Tan pronto el espejo devolvió
una imagen aceptable partimos, nos brindamos un beso voluptuoso y profundo
antes de salir a la calle. Las risas de nuestros progenitores se escuchaban
desde la entrada de la casa de Magda, aunque sabíamos que procedían de
los fondos. "¡Como se están divirtiendo los viejos, seguro que están contando
chistes verdes!", razonó Magda al llegar al quincho iluminado, "Hagamos
ruido antes de entrar para ponerlos sobre aviso" Tosí con fuerza en respuesta,
mientras movía el picaporte de la puerta un innecesario par de veces antes
de abrirla. "¡Resucitaron las parranderas!", festejó mi tía a guisa de
saludo acompañado por el coro de carcajadas de los demás, "¿Qué cuentan
chicas, se les extenuaron las cuerdas vocales?", completó mamá. Magda
y yo nos turnamos en contestar las preguntas que nos dispararon a continuación,
elogiando la fiesta y efectuando un recuento exagerado del elemento masculino
asistente, haciendo hincapié en darles a entender que ambas teníamos candidatos
a la vista. Entretanto, atacamos con no fingido apetito las viandas que
colmaban la mesa reponiendo nuestras energías tan menguadas por los excesos
amatorios. "¡Sí que tienen hambre las muy coquetas... Seguro que en la
fiesta no comieron nada para hacerse las finolis!", sentenció el tío en
derroche de ocurrencia, festejado por una nueva tanda de carcajadas familiares.
Satisfecha tanto su curiosidad como nuestro apetito, nos dejaron en libertad
en razón de que querían continuar el interrumpido juego de buraco, anunciando
que no nos preocupáramos si se quedaban hasta muy tarde. Tratando de no
delatar la alegría que nos producía ese hecho, pedimos permiso para llevarnos
una de las botellas de champán remanentes, el que nos fue concedido no
sin antes abundar en prevenciones acerca del consumo de alcohol por parte
de adolescentes. La mano de Magda se apoyó con firmeza en mi pubis durante
el trayecto hacia otras cuatro horas de privacía en casa, provocando el
humedecimiento inmediato de las bragas. Decidí que el deseo sexual, me
resultaba de mayor intensidad cuanto más saciada creía estar... "¡Divino!",
congratulé para mis adentros. Ya en la intimidad de la sala, deposité
la botella sobre una mesa enlazando el talle de mi amorcito entre los
brazos, besándola en los labios con mucha dulzura. La entrega incondicional
con que respondió su cuerpo a mis designios me estremeció de placer. Al
escuchar ronroneos de satisfacción, me separé unos cms para disfrutar
la contemplación de su expresión plena de dicha, preguntándole acto seguido:
"¿Qué desea hacer ahora mi tesoro?" "Quiero ir a la hamaca del parque
a fumar el cigarrillo que deseo desde hace horas y brindar con champán
por nuestro amor", contestó. La petición de fumar me sobresaltó. El día
anterior le hubiera recriminado su actitud por ser muy joven aún para
fomentarle ese vicio, sin embargo siendo ahora mi amante comprendí que
era menester que le otorgara estatus de adulto. Tomé un cigarrillo de
la caja que siempre había en la mesita ratona, encendiéndolo para ella
(mi única experiencia con el tabaco, dado que de tanto en tanto mi madre
me pedía atenciones similares) y poniéndolo entre sus labios acompañado
por una leve caricia en la mejilla, luego ella salió para el parque mientras
yo por las copas para el brindis. La encontré recostada en el sillón hamaca
bajo el gran álamo, ese era el lugar perfecto para pasar un rato íntimo,
quien viniera hacia allí sería visible mucho antes por nosotras que nosotras
por él. Deposité las copas sobre el tocón que oficiaba de mesa y me disponía
a descorchar la botella cuando Magda me interrumpió: "Vení, sentate a
mi lado hasta que termine de fumar, el brindis luego" Estaba en el proceso
de sentarme cuando ya mi bella franelera se había ubicado con el torso
sobre mi regazo, de costado, dio una pitada lenta y profunda al cigarrillo,
me miró con fijeza a los ojos y me ofreció sus labios entreabiertos de
los que surgía una blanca voluta de humo: ¡Fue mi primera inhalación intensa
y de cuán excelente boquilla! Terminamos de fumar de esa manera, entre
caricias, mimos, requiebros... Los ánimos se comenzaron a caldear y decidimos
que había llegado el momento adecuado para el brindis, "¡Dejá el corcho
salido a medias y sacudí bien la botella!", dijo Magda a mis espaldas
acompañada por esos frotes de ropa que se quita que tanto me excitan.
Gire con calculada lentitud encontrando el cuadro esperado: Los otrora
sonrosados, juveniles pechos de mi divina apuntaban ahora desafiantes,
atractivos, enhiestos con sus pezoncitos crispados hacia la botella, reclamando
ser bautizados con el desborde de cosquilleantes burbujas que con seguridad
vendrían a continuación. Me hice desear unos segundos para admirar la
genial metamorfosis de ese cuerpo púber hasta pocas horas antes, en este
otro en el que afloraba la mujer sensual sin dar lugar a la menor duda.
Extasiada, culminé la operación destape saboreando con la mirada los escalofríos
que sacudieron a Magda al contacto de la bebida helada. Me dejé caer de
rodillas a sus pies, para recibir la cascada del dorado néctar en el adecuado
receptáculo que forma la confluencia de los muslos a la altura de la ingle.
Con la mano libre (en la otra conservaba la botella) empuje sus nalgas
hacia mi boca, bebí hasta la última gota que llegó al pubis y luego con
boca y lengua recogí las que perlaban vientre, plexo, pechos, axilas y
garganta, terminando en el rostro. ¡Siguieron momentos, horas, días, semanas,
meses, años de amor maravilloso!.. ¿Recuerdas Magda cuanto nos disfrutamos...
Podrías afirmar que lo que nos hemos brindado la una a la otra durante
el lustro de pasión que compartimos, te puede ser ofrecido aunque más
no fuera en una minúscula porción por el hombre que te pretende desposar?
Escucha amor, mi reclamo desesperado: ¡No soy capaz de vivir sin ti! ¡No
vendas tus sentimientos por 40 monedas, aceptando un matrimonio impuesto
en pro del honor familiar... Regresa a mí, mi amor, mi tesoro! Tu enamorada,
LENA |